La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas, cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo entre los mortales tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.

 

El Aleph. Jorge Luis Borges.

 

Para la especie humana la tragedia de la muerte es una falacia en la que se fundan sus depresiones y sus crisis existenciales, en realidad, la tragedia no es que termine la vida, la tragedia es encararse a la muerte antes de haberse encontrado con la vida; siendo ambos eventos dos caras de la misma moneda, siendo el inicio y el término, son la misma cosa, en realidad no tememos a la muerte, tememos el cambio que ello representa, morir es cerrar un ciclo, y obviamente comenzar otro, terminar con las tortuosas rutinas, con la neurosis que nos causa todo lo que no nos gusta pero que creemos que necesitamos para estar cómodos.

 

En el Tarot, el Arcano cuyo símbolo es la muerte tiene un significado único y esperanzador, Si bien representa la muerte o final dramático y contundente, también implica la renovación y otro plano de existencia, que puede ser mucho mejor.

En el Tarot, implica los cambios o "finales" que generalmente son imprevistos y dolorosos. Pero es muy importante analizar que responsabilidad tiene uno en esa destrucción, y que lugar o función puede tener en la renovación.

 

La muerte es un cambio, de súbito, un cambio importante, trascendente y profundo, permanente, es un paso hacia una evolución desconocida que nos impedirá volver atrás, pero que sin duda nos hará mejores, enriquecidos por la experiencia, sólo deberemos superar el trance traumático que ello representa.

 

Será verdad, como dice Borges, que la divinidad no distingue entre bueno y malo, sino que los ve como una y la misma cosa; la muerte es el cambio, el cambio es renovación, la renovación es vida, son partes de un mismo proceso, no hay diferencia, la vida es eterna y la caseta de cambio es tánatos. Quienes hemos vivido eventos que nos colocan frente a la muerte, tuvimos la oportunidad de volvernos tanatólogos de ánimo, y de reflexionar sobre ella y sus consecuencias, no podemos evitar pensar en sus implicaciones, en lo necesaria que resulta en la concatenación de nuestros ciclos, cada momento que muere, da la oportunidad a otro que nace, y nosotros en ese trance seguimos protagonizando la vida.

 

La muerte es, en este orden de ideas, una dramática alegoría del cambio, una ineludible oportunidad que nos toma, con nuestra venia o sin ella, para hacer de nosotros algo diferente, algo definitivamente mejor, pero que hemos satanizado, en nuestra profunda neurosis como algo malo, que asociamos al castigo, a la injusticia, cuando en realidad es todo lo contrario.

 

Decía Nietzche, cuando habló a través de Zaratustra: “ hay que matar al hombre, para que nazca el superhombre.” Hay que terminar con la ideología que nos detiene, hay que matar la costumbre que nos ata, esa falsa moral que nos consume y que consumimos como rumiantes, que nos impele a juzgar y a temer el juicio, hay que matar la personalidad, todo el universo que hay dentro de uno mismo. “Hay que matar al hombre,” nos unimos a Nietzche: “¡Qué nazca el superhombre!”

 

Cada experiencia vivida se queda guardada en la esencia del alma, si logramos levantarnos, entendernos y finalmente entender que ningún evento por traumático que sea,  tiene el poder de detenernos, entonces viviremos el milagro, de alcanzar la felicidad con sólo desearla.

 

Los traumas, los errores, los fracasos, las frustraciones son para superarlos, el ánimo que se levanta encima de aquello, esa  es la materia de la que están hechos los ganadores, una vez que logra levantarse, una vez que se superan, se crece, se mejora la calidad, del criterio, del ánimo, se avanza en la carrera de la vida, y llega ese maravilloso sentimiento…estamos vivos, lo estamos haciendo bien, quien nos mire a los ojos verá la calidez del alma de quien se ha enfrentado a sí mismo, y se ha superado.

 

La muerte, en efecto nos hace patéticos, pero también valiosos, el tiempo adquiere un valor infinito, la decisión es nuestra, porque no se nace ni se muere pero siempre que se quiera se puede estar vivo.

 

Mina

 

 

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