Estaba viendo por TV, un documental acerca de Vladimir Nabokov y su obra; la literatura de este consumadísimo artista tiene como referencia obligada su "Lolita", la obra que marcó su época, y que todavía hoy es la llaga que arde en los círculos sociales más decentes y respetados de todo el planeta, un tabú para algunos incomprensible, para otros un modo de vida oculto: "la pederastia."

Hay en ese documental, una declaración de quien intenta ser la crítica de Nabokov, y termina siendo su precursora: una señora de alrededor de cuarenta años que con toda veracidad afirmó: "La novela de V. Nabokov, va más allá de la ficción, recorriendo e incluyendo lazos importantes entre jóvenes y hombres maduros, de los que todos llegamos a sospechar en algún momento, toda mujer que recuerde su niñez, conoce y comprende los motivos y las actitudes de Lolita."

Esa declaración, me dejó suspendida en el análisis, y de hecho me perdí sin darme cuenta el resto del documental, mirando la pantalla como autista, concluí que la mujer tiene razón. He de confesarlo: no me resultan del todo ajenas las actitudes del ridículo Humbert. La disertación es importante, podría ser el argumento de un abogado encargado de la defensa de este arquetípico pederasta.

Cuando leí a Navokov por primera vez, lo hice no sin cierto dejo de morbo, porque aunque yo sabía que no es un relato pornográfico sino todo lo contrario, (es la descripción del perfil psicológico de esas patéticas criaturas: nínfulas y pederastas), quería saber como se documenta en una novela esa serie de escenas escabrosas que en secreto me provocaban ambivalencia en mi época prepubescente.

Sí, ambivalencia le provocan a una joven novata ese tipo de actitudes; lo confirmará Freud y también Olivier, pero sobre todo, "aquellas mujeres que recuerden su infancia" como sentencia la mujer del documental. Ambivalencia que resulta novedosa y estimulante, y que a esa edad, con las hormonas en la piel, no se sabe interpretar, y en muchas ocasiones como es el caso de Lolita, tampoco se está capacitada para evadir.

Después de analizar un poco lo que describe Humbert, he llegado a la conclusión de que muy probablemente dentro de su desequilibrio intelectual, no había total carencia de razón en el sentido de que tal vez, las nínfulas sí existen, y no precisamente porque los pederastas les den existencia, aunque esta también es una explicación válida; sino porque en realidad estas nínfulas realmente coinciden con las jóvenes prepúberes que a esa edad están dopadas de hormonas. Y se encuentran con que son objeto del deseo de un hombre maduro, que en su estatus de adulto proyecta autoridad, independencia, poder, seguridad, protección y lo más peligroso: interés en la preadolescente.

¿Qué pasa por la cabeza de la joven?; aquí viene lo interesante, diría Humbert, motivada por la curiosidad, y la estimulación de saberse poseedoras de "algo" valioso para su predador, comienza a jugar con sus actitudes y entre su novatez y su inocencia nace un afán diabólico, se convencen de ese "poder", que les da su situación, favorecidas por las circunstancias, aunque sea sólo apariencia, es en este momento cuando se convierten en nínfulas, y no antes como pretende el perverso H., no puede antes, sin embargo, una vez que viven su incipiente poder, tienen deseos de ejercerlo, pero como no lo conocen del todo, tampoco son capaces de medir sus consecuencias, y creen que se quedará en un límite, lo cual es correcto, lo que no saben medir, es que tan lejos queda ese límite protector que termina siendo su propio ultraje.

Las nínfulas decía Humbert, son seres diabólicos, pero irresistibles, cuya edad está entre los diez y los trece años de edad, no antes, y no después, son niñas cuyas formas incipientes, hacen sospechar de su actitud, según él su inocencia es una singular apariencia, que no sirve más que para martirizar a los ninfulofílicos, son niñas de juegos núbiles, les concede el beneficio de la duda respecto de su ingenuidad pero no les reconoce inocencia. Para el pederasta, las niñas tienen que ser atractivas, de lo contrario no serían nínfulas; son diabólicas, porque decía que estaban conscientes de la debilidad de ciertos hombres tienen por ellas mismas, sabían, según él, de la nula resistencia de aquellos a sus provocaciones, y además estaban dispuestas a servirse de todo eso.

Para H.H., los pederastas no tienen culpa alguna de su "afición", ellos sólo son víctimas de los juegos ninfúlicos, situación por demás absurda, pero comprensible desde su perspectiva, considerando que, como toda mente psicópata, el criminal sabe que lo que hace es incorrecto, sabe que lastima y daña a otros, pero no le importa, y por ello debe descargar la culpa en su propia víctima, aunque ello implique la victimización de él mismo.

La retórica del psicópata suena incluso convincente, por lógica y catártica, sin embargo, se revela como es cuando culpa a Lolita de sus quebrantos, y cuando manifiesta su franca intención de retener, aún por la fuerza a la niña, como un fetiche permanentemente dispuesto para él, y siendo como está consciente del implacable paso del tiempo, se adelanta a la crónica planeando engendrar con Lolita nuevas nínfulas en un país extranjero, no, Humber Humbert, no tiene defensa alguna. La pregunta es: ¿qué responsabilidad tienen las nínfulas en todo esto?

Wilhelm Reich explica el comportamiento de las nínfulas en su " pequeño hombrecito", y previene a los pequeños hombrecitos, advirtiendo que las jóvenes experimentan tormentas hormonales que las hacen sentir, sin comprender lo que sienten, que las hacen seducir, si comprender el cabal resultado de su seducción, puesto que no persiguen ningún objetivo estudiado ni consciente, sólo instintivo, pero que, pese a su ánimo de seducir, no quieren el efecto de su conducta, y cuando lo obtienen, se sienten ultrajadas, engañadas y utilizadas, lo que las hace presa fácil de cualquier depredador alerta, pero que, para psicópatas románticos como Humbert, podría significar una verdadera tortura. La circunstancia descrita, revela la vulnerabilidad de las nínfulas, su deventaja respecto de sus verdugos y por supuesto, descarga toda la culpa y la responsabilidad sobre los pederastas.

Soy capaz de comprenderlas, a ellas y a mi claro, y entiendo y reconozco que hubo una etapa en la que, lo confieso, fui una nínfula, como las que describe el patético H.H., en fin, hasta estos días soy consciente de mi nifúlica situación, actualmente debo admitir que cuando solía ser nínfula, notaba perfectamente el interés que tenían en mi hombres cuya edad habría brechas del tamaño de un abismo conmigo, y me resultaba muy fácil enamorarme de mis profesores, y aceptaba sus regalos, sus caricias en la cara y que jugaran con sus dedos en mi cabello, lo divertido que era verlos esforzarse para llamar la atención sin alertar a nadie, las tardes en las que me pedían que me quedara después de clases para ayudarles a calificar exámenes y en fin, todas esas tonterías de las que no me arrepiento, porque, analizándolo hoy, después de todo, mientras la perversión tenga límites siempre será más divertida.

Y he aquí la dualidad, hombres que corresponden a la fantasía sexual que las nínfulas suelen tener cuando se matriculan en ninfulandia para martirio de los pederastas con ética (si es que puede existir tal cosa), y niñas haciendo fila para ingresar a la matrícula en la mente de aquellos, no hace falta analizar más sus motivos, mientras en la tierra prive el libre albedrío, quienes recordamos nuestra infancia, no podremos declararnos del todo inocentes, ni ignorantes de hombres que como Humbert, contribuyen de una forma o de otra a la teoría general de las nínfulas.

Melina Aceves Ulibarri.

 

 
 
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